
Ya con solo escribir la primera letra de la historia que veo a contar me estremezco, me sale una sonrisa y a la vez siento nostalgia por todo lo que conlleva la situación. Quizás no deba escribir sobre esto, sobre estos sentimientos prohibidos que me recorre por el disco duro y por aquel órgano que todo lo almacena de alguna forma que es difícil de borrar. Sé que esta historia representa algo bonito pero por su otra parte algo feo.
Un cena sencilla de amigos, la típica en la que no faltan unas cuantas pizzas, acompañadas de unos aperitivos salados, pan con tumaca y para pasar lo sólido una botella de 2 litro de coca-cola.
Es una noche increíble de esas que apetece admirar tanto con la vista como con el tacto de todo el cuerpo. Una pequeña brisa fría invade las calles de aquel barrio tan conocido en la ciudad.
Suben aquellos amigos con unas cuantas mantas a la azotea del edificio donde se encuentra el piso en donde cenaron anteriormente. Suben una botella de agua por si la sed ataca, una cajetilla de cigarros L&M y que no falte el mechero de color rojo.
Aquella noche, esas vistas…lo cálido de debajo de las sabanas y lo frío de las piedras que empapaban por debajo de sus cuerpos. Todo aquello hacía una noche llena de escapatorias, llena de serenidad, el sitio perfecto para pensar, simplemente el sitio perfecto.
Ella estaba ahí a mi lado. El frío le entraba por los pies y enseguida se los tape para que estuviera a gusto, me eche boca arriba a observar el cielo, cuando de repente dice sorprendida,- “Una estrella fugaz, nunca había visto una” y me pregunta,-“¿La has visto?”,- le dije que si, que si que había visto aquella estrella fugaz pero mis ojos no habían visto nada más que cielo negro y unos cuantos puntitos blancos, nada de estrellas fugaces.
“Vamos al centro, que se verá más la luna”, dijo ella unos minutos después…nos desplazamos hasta allí, y era cierto. Jamás había sentido la luz de aquel astro tan cerda de mis ojos, tan cerca de mí.
Nos tapamos con la manta y otra vez aquel dichoso frío en los pies e hice la anterior acción que, tapárselos con la poca manta que yo tenía. Debo reconocer que tenía frío, estaba helado por la espalda y las piernas, pero eso era secundario.
Y allí estábamos los dos, mirando hacía la Luna, aquella imagen jamás se me irá de la cabeza, ¿impactante?, se queda corto…era más que eso, y el gozo de tenerla al lado incrementaba aun más el gusto de aquella imagen, de aquel momento.
Con un poco de picardía me di la vuelta me pose sobre su hombro y le di un besito de cariño. Ella se tapo con la manta hasta arriba y a la vez me tapo a mi…acerco su cara poco a poco a la mía. La tentación me podía, me recorría por todo el cuerpo las ganas de besarla. La tenía entre mis brazos, con la pierna sobre las suyas y el brazo haciendo unas cuantas caricias de esas que tanto le gustan en el suyo.
¿En qué pensaba en ese momento?, la verdad es que en nada…finalmente el acercamiento dio efectividad, era obvio, estaba claro que los dos queríamos aquello, aquello que tampoco olvidare, ese beso.
Después vinieron unos cuantos más, no importaba el frío de aquellas piedras, de la brisa. No importaban los remordimientos de conciencia, no importaba nada…solo ella, solo me importaba ella…
La luna observo una gran escena, la más bonito de las escenas de amor que he protagonizado…
Aquella luna, aquella noche…aquellos besos…Ella.
by: Óscar Mendoza
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