Y allí estábamos otra vez en aquel lugar.
Esta vez la Luna observaba desde lejos y las nubes aun se podían apreciar con un color naranjizo.
¿Jugamos a un juego?, le pregunte.
Se trata de vendarnos los ojos. Sin ver tocarnos, abrazarnos, sentir simplemente sin vernos.
Me quite una de las dos camisetas que llevaba puestas y se la di para que tapara sus ojos. Más tarde me quite la otra de debajo para tapar los míos, quedándome semidesnudo.
Esta noche no era fría, era más bien calidad, y las ventiscas refrescaban.
Estábamos sentados uno enfrente del otro y la oscuridad dificultaba el encontrarse.
Su piel estaba lisa, su pelo rizado y su boca fría. Los abrazos eran verdaderos y los besos apasionados con una pizca de sentimiento. Sentimiento que iba creciendo con cada caricia.
En ese momento sin verla pensé que era la persona más preciosa del mundo, bella y grande. Sin verla veía su boca, sin verla veía sus ojos color caramelo, sin verla sabia como era cada parte de su cuerpo, sin verla la quería más que nunca.
Ella tocaba mi boca con la yema de sus dedos para palparlos. Besaba mi cuello y mordía el borde de mi oreja diestra. Cogí su mano y la pose sobre mi pecho en la parte del corazón y ella segundo después hizo lo mismo. Quería que sintiera mi corazón y en ese momento sin gesticular palabra alguna nos dijimos de todo, todo aquello que jamás no habíamos atrevido a decirnos…
“Te quiero” Eso escribí con letras imaginarias en su espalda descubierta. Respiré su olor, me metí entre su cuello y aspire el dulce aroma de la noche y ella con un “y yo” en mi espalda rompió los esquemas, la concentración de mi exploración por su cuello e hizo que mi boca y la suya se encontraran.
Mientras mi pulgar acariciaba su mejilla izquierda hacía amagos de besos, su nariz acariciaba a la mía. Muy finamente ella tocaba mi cabeza y los pelos se le escurrían entre sus dedos. Veía su sonrisa, si, esa que a pesar de lo negro de mi vista me iluminaba.
Alguna pequeña brisa de verano se colaba entre nuestras caras y es cuando llegaban los escalofríos y se mezclaban los suspiros de gozo con ella.
Habías veces en las que nos reíamos de lo ridículo que resultaba todo aquello, ridículo pero que tanto nos gustaba, que tanto nos hacía sentir.
Yo morboso mordía el labio inferior de su boca, pasaba mi lengua sobre estos y ella repetía más tarde.
Visto, dos personas viéndose frente a frente reflejados en un espejo oscuro donde solo se valía experimentar con todos los sentidos menos con el de la vista, sin trampas, sin reojos que acabaran con el juego.
Me acosté boca arriba sobre la manta blanca que tapaba el suelo y ella se subió arriba de mi.
Un poco fogosa estaba y debo de reconocer que yo también. Le besaba mientras pensaba en quitarnos odas las prendas que cubrían nuestros cuerpos y acoplarnos allí mismo.
Pasaron unos cuantos minutos quizás una hora, no lo sé, cuando me levante, le cogí la mano y la levante. Fue ahí cuando me quite la camiseta que utilizaba como venda para tapar mi mirada y ella hizo lo mismo.
“Que bonita”, dijo al mirar la Luna. Abrazándola por detrás nos quedamos un rato observando a la que nos acompaña siempre por la noches.
Sentados en el borde de la azotea le dije “te echare de menos”, ella me miro a los ojos y yo note que los suyos estaban más brillantes de lo normal, lo típico cuando se está a punto de llorar.
Era una noche de sentimientos fuertes, la última noche en el lugar, como una despedida por así decirlo.
El beso final y un “te quiero” rápidamente prenunciado marcaron el final o el principio.
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